Elocuencia Sonora

Los modales hacen al hombre. Y la música le hace libre. Y esto, mi querido amigo Igor, es una verdad inequívoca.

¿No te sientes, a veces, cansado, Igor? ¡Claro que sí!

¿Pero no física, sino mentalmente? ¡Claro que sí!

¿Cansado de ser un genio científico incomprendido? ¡Claro que no!

Pero descuida, que yo te lo explico.

A veces es tan pesada la carga de tener una mente tan brillante. Tan obsesiva, la avidez de conocimiento de lo imposible. Tan majestuosa, la imaginación de lo inconcebible. Tan remota, la visión de lo inalcanzable. Tan inabarcable, la humildad de… ¡No te rías, Igor!

Es agotador perseguir los escurridizos misterios del universo.

Primeramente, te acucian las colosales preguntas. Posteriormente, te socavan indefectiblemente las ignotas respuestas.

Y, finalmente, te consumen tus tormentosos anhelos por resolver los acertijos que unas y otras encierran; por discernir los medios para desvelar los designios de la misma existencia.

Resulta agotador.

Pero el mundo está lleno de belleza y de grandiosas creaciones.


¡Tú, no, Igor!

¡Mejor!

 Y a ellas podemos acudir… a las grandiosas y bellas creaciones… para abandonar cuerpo y mente, para reposar los sentidos, para vaciarnos de turba y colmarnos de gracia…

¡Ingaaaaa!

Y, como iba diciendo, la música es el camino de la verdad que nos hace libres; libres de nuestra carga, de nuestro pesar; la que hace aflorar los sentimientos y sensaciones enquistados en nuestros corazones.

Y un torrente de emociones brotará inexorable, manifestando y magnificando nuestra mera vivencia.

La música nos aísla, nos sumerge, nos ahoga, nos vacía…

Para luego rebosarnos, expelernos, abrumarnos y reconciliarnos con nosotros mismos, con nuestro fuero interno, y con el mundo que nos habita.

Resulta sobrecogedor cómo un proverbial in crescendo eriza el vello e inflama el corazón, cómo enardece la piel  y embravece el alma. Cómo las voces corales transportan el espíritu hacia una vorágine de éxtasis y una eclosión de gloria. Cómo, durante un fugaz instante, alcanzas a vislumbrar la pureza y la perfección; una fulminante felicidad imperecedera.

Y vuelta a empezar.

¡Vamos allá!