Expediente Warren y el cine de hoy

De nuevo, el Dr. Hackenbush llega tarde a su cita con esta web. Qué desastre de persona, diréis, no sin razón; pero he de anunciarios que, como buen caradura, traigo una excusa inexpugnable: he dejado de fumar.

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Después de 19 años de vicio desenfrenado, hace casi dos semanas que dejé el tabaco. Esta desconocida situación ha provocado en mi una serie de cambios que se resumen en puntual mala ostia, ansiedad de la que se combate con dulces y una alarmante falta de capacidad de concentración, lo que ha hecho que dilate el momento de introducir esta nueva entrada. Como el actual Dr. Hackenbush es un hombre positivo, debo reconocer que el nuevo status quo, al menos, me permite dormir con mucha mayor facilidad, lo que no es poco.

Es en este contexto en el que ayer, junto a mi chavala, decido liarme la manta a la cabeza y dirigirme a pasar el día a uno de esos infernales lugares llamados centros comerciales. Dios, cómo odio esa falsa apariencia de estar sumergido en una ciudad ideal con todo al alcance de tus manos… 7 horas después, mi opinión seguía inmutable y el odio hacia estos espacios (el de ayer era el Max Center) arraigaba en mi; eso sí, habíamos comprado un jersey del Athletic y un chándal al 50% de su precio (cómo negarse),  degustado unas impresionantes hamburguesas en el Foster´s Hollywood (sólo para documentarme de cara a este artículo),  ido al cine (a ver si no de qué os iba a hablar hoy) y  hecho la compra en el Eroski (no se cuenta como delito). Ejercicios de hipocresía como estos no se ven todos los días.

En fin, que me enrollo. El caso es que fuimos al cine después de nosecuanto tiempo desde que vimos la última de Batman (bastante, a juzgar por el hecho de que la está emitiendo Canal + en el mismo momento en que escribo estas líneas) y la cosa no defraudó.

Lo primero que comprobamos es que el cine está a un precio acojonantemente prohibitivo. Las entradas rondan los 9 euros (no van a tardar en alcanzarlos), aunque hay descuentos para la primera sesión de cada día. Nos acogimos a ese descuento y aprovechamos lo esporádico de nuestras visitas al cine y ese ahorro para invertir la diferencia en un asiento vip. No teníamos ni puta idea de que existiesen, pero lo cierto es que los hay.

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La fortuna quiso que encontrásemos a un taquillero avispado de los que disfrutan con su trabajo por elemental que sea y a quien interrogamos acerca de las ventajas de una butaca vip dando como resultado este delicioso diálogo:

Mi chavala: ¿Cuál es la diferencia entre la butaca Vip y la normal?

Taquillero avispado de los que disfrutan con su trabajo por elemental que sea: La butaca Vip tiene un recargo de 1,20

Luego silencio y el cri-cri de los grillos. En ese momento, y viendo como el taquillero avispado nos sostenía la mirada sin añadir más, estuve en un tris de prorrumpir en merecida ovación, pero consideré que siendo las 15:30 como eran, igual es que andaba aún un poco dormido el hombre. Lógico. Al final conseguimos descubrir que los asientos vip tenían algo más de espacio y mejor calidad; mi culo no merece menos, así que nos hicimos con dos entradas.

En la cola hacia el puesto de palomitas anduve considerando elevar una petición al maestro responsable de esta web para que me sufrague una o dos visitas mensuales al cine (aceptaría incluso ir a los mismos asientos que el vulgo), pero creí percibir una carcajada preventiva y lo olvidé . Enfrascado en mis ensoñaciones llegué hasta el mostrador de palomitas donde nos atendió otro gran profesional del sector que apenas tardó un minuto en decirnos cúal era el precio del envase más pequeño: 3,80 euros. 600 treintaypico pelas. Casi nada.

Nos dejamos atracar sin hacer apenas aspavientos y nos dirigimos a una máquina de refrescos que había junto a las salas. En ese trayecto sucedieron dos cosas:

1- Descubrimos que las palomitas eran de la noche anterior. Sí, no es que fueran de hace un rato, que estuvieran templadas, no, no… eran de la noche anterior siendo generosos. Puta mierda de palomitas, de goma, de las que no se pueden morder porque se desinflan y se agarran a tus dientes como una garrapata a un perro callejero. Si no llega a ser porque una ingente cola de incautos estaba comprando y quedaba poco para empezar la peli, hubiéramos ido a donde el profesional del sector a preguntarle si le resulta sencillo desempeñar su trabajo sin despollarse vivo.

2-Descubrimos que un botellín de 50cl de agua cuesta 2,10 euros; 350 pesetillas de nada. Una mujer vino detrás de nosotros a comprar y cuando vio el precio casi se cae de culo, así que optó por acercarse a la máquina de coca cola. Gran error, ya que el botellín de tan delicioso brebaje andaba por los 2,60, lo que ya colapsó del todo a la mujer, que huyó despavorida y dispuesta a morir de sed en la oscuridad de la sala antes de dejar que violasen su cartera y su dignidad.

Para cuando tomamos asiento (vip, como he dicho), ya habíamos desembolsado los 15,20 de las entradas, los 3,80 de las venenosas palomitas (tiramos más de la mitad a la basura) y los 2,10 de un puto botellín de agua que me tentó a empezar a ir al cine con petaca; o sea: 21,10 euros. Para un doctor que ha agotado el paro, no está mal (este es el punto que tocará la fibra sensible del responsable de la web…)

La película elegida era de rimbombante título: El expediente Warren. The conjuring.

Las críticas eran bastante positivas, lo que es poco frecuente en una película de terror, y en esa valoración coincidían tanto críticos estadounidenses como nacionales, por lo que consideré que podía ser una buena opción. Además, la película estaba dirigida por James Wan, responsable de la primera entrega de Saw y también de Insidious, otro film de género donde demuestra gran habilidad para impactar al espectador, algo que explota fantásticamente en esta The conjuring.

La verdad es que no me disgustó la película, mira tú. Es cierto que el cine de terror que se ha ido realizando en los últimos años es mierda en su gran mayoría, salvo honrosas excepciones como La huérfana (que comparte a Vera Farmiga con esta The conjuring) o serie como la insana American Horror Story, de cuya estética y sus increíbles créditos iniciales soy fan incondicional.

The conjuring se presenta como una historia basada en hechos reales y que gira alrededor de una presencias malignas en el caserón de la familia Perron, a quienes se enfrentará el matrimonio Warren, compuesto por Ed y Lorraine, demonólogos y colaboradores de la iglesia en multitud de casos de exorcismo y posesión (un paseo por la wikipedia os dirá algo más de ellos). De entrada, soy sumamente escéptico con estos elementos, por lo que la etiqueta “basada en hechos reales” no me atrapa tanto como en otro tipo de películas; pero la factura técnica de la película es notable y mantiene un ritmo y una progresión acertados, hasta desembocar en un clímax que no tiene nada de original pero que hace que no despegues la mirada de la pantalla. Esto alcanza niveles de heroicidad cuando lo que estás viendo es algo que ya te han contado infinidad de ocasiones.

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A la presencia de Vera Farmiga hay que sumarle la de Lily Taylor (que sufre de la ostia en el papel de matriarca de los Perron) y de Patrick Wilson en el papel de Ed Warren, a quien muchos conoceréis de películas como Watchmen o la citada Insidious, pero a quien no puedo dejar de ver suplicando por su polla en la genial Hard Candy.

En definitiva, no creo que esta película aporte nada nuevo a un género sobreexplotado y que se maneja en unos clichés excesivamente reconocibles por cualquier espectador ocasional, pero si aceptamos el juego y sus reglas y dejamos en la taquilla la ilusión de descubrir algo nuevo y rompedor, The conjuring es una buena forma de pasar la tarde, de llevarse unos cuantos sustos y de apreciar la buena mano de un director detrás de cada imagen.

Además, ¿quién puede decir que no a una película con muñecos siniestros?

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