Woody Allen

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Hace un par de semanas, con motivo de mi cumpleaños, mi amigo Pedro me regaló el libro de Eric Lax “Conversaciones con Woody Allen”, que recoge casi tres décadas de entrevistas con el genio neoyorquino reordenadas en función de los temas.

No suelo dar con muchos admiradores de Woody entre mi círculo más próximo, desgraciadamente. Todavía recuerdo cuando, con doce o trece años, con motivo también de un cumpleaños, acudimos toda la cuadrilla a los antiguos cines Capitol a ver una película. Yo me empeñaba en entrar a ver Misterioso asesinato en Manhattan (a mi entender, una de las mejores películas de Allen y de mis favoritas desde aquel día), pero mis amigos consideraron que lo mejor era que ellos vieran otra y ya si eso nos veíamos al salir en la puerta.

Independientemente de los gustos de cada uno, creo que sólo queda quitarse el sombrero ante un hombre que en 1982 contaba con 47 años y que en los siguientes 31 ha estrenado 32 películas (y tiene la 33 en posproducción para este año), con títulos como Match Point, Zelig, La rosa púrpura del Cairo, Desmontando a Harry, Poderosa Afrodita, Hannah y sus hermanas, Delitos y faltas, y la ya citada Misterioso asesinato en Manhattan.

Muchos somos los que venderíamos el alma al diablo por tener una décima parte de la capacidad de escritura que tiene Woody Allen, quien lamenta sobremanera, a lo largo del periodo en que es entrevistado, que la gente confunda al Allan Königsberg real (su verdadero nombre) con los personajes que interpreta en pantalla (el Alvy Singer de Annie Hall o el Isaac Davis de Manhattan, por ejemplo), cuando él sólo se sirve de ellos para transmitir su visión personal del mundo.

De hecho, una de las películas de la que más satisfecho se siente es de Match point, que a muchos le hizo darse cuenta de que tras sus gafas no sólo hay un cómico sino un auténtico director de cine; reconocimiento generalizado pero injustamente tardío por gran parte del público.

Sea como sea, estamos hablando de un cineasta único e inimitable y de un guionista increíble, cuyas máximas influencias eran Bob Hope e Ingmar Bergman; el agua y el aceite de un caldo incatalogable y genial.

Me resulta imposible poner punto y final a este texto sin hablaros brevemente de Annie Hall, una auténtica obra maestra. Es abrumador el modo en que Allen construye la historia de la relación entre Alvy y Annie, sirviéndose de recursos que en manos de cualquier otro hubieran resultado en un auténtico desastre, pero que aquí ayudan a expresar el tema central de la película: la incapacidad del personaje de Alvy para ser feliz.

Por citar algunos momentos:

-Se dirige directamente al público al inicio de la película a través de un pequeño monólogo introductorio

-Introduce un personaje que no pertenece a la acción que se desarrolla en pantalla en la magnífica escena de la cola del cine

-Detiene a la gente de la calle para hacerles partícipes de sus reflexiones y consultarles su opinión

-Vuelve como personaje adulto a sus recuerdos de la escuela y se enfrenta a los personajes para defenderse a si mismo

-Se sirve de dibujos animados cuando explica cómo siempre se enamora de la persona equivocada poniendo el ejemplo de que de pequeño se enamoraba de la madrastra en lugar de Blancanieves

-Y la escena, a la que ya hice referencia en otra entrada, en que subtitula los verdaderos sentimientos de los protagonistas permitiendo que el subtexto aflore directamente

Y podríamos seguir con otras como aquella en la que Annie no disfruta con Alvy en la cama, de modo que se desdobla y se sienta a mirar lo que sucede mientras habla con él, pero mi buceo por youtube no ha dado sus frutos.

La academia de Hollywood tuvo a bien galardonar Annie Hall con los oscars a mejor película, mejor director, mejor guión y mejor actriz. Creo que nade puede discutir que, en este caso, fueron justos.

 

 

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